Presentación
Presentación

Los años de activismo pictórico de Héctor Acevedo se resumen en dos periodos evolutivos muy marcados. El primero, caracterizado por la construcción de figuras planas y esquemáticas que habitan mundos extremadamente simplificados. Es la época de personajes huanchaqueros y perros que ladran a la luna.

Los colores, aprisionados en las líneas gruesas de los dibujos, se niegan a ser libres y se consumen en la rigidez de unos cuantos matices cromáticos. En el segundo periodo, el pintor abandona esa suerte de tentativa de la reducción y se sumerge en una asombrosa búsqueda surrealista. Ya no reduce las formas a lo esencial, depura su técnica y reivindica, como quiere el surrealismo ortodoxo, el subconsciente. Los nuevos personajes (madonas sin boca, pájaros enjaulados o en vuelo) tienen volúmenes un poco más definidos, trazos más hábiles y colores más diversos. Luego del ingreso de las madonas, las composiciones de Acevedo dan paso a ficus frondosos cargados de ojos fisgones y hojas que rompen la ley de la gravedad. Una rápida lectura podría hacernos creer que se trata de seres con la función de inducir al pecado, toda vez que están desnudos y ligados a un árbol que podría ser el del bien y el mal. Esas criaturas, sin embargo, no son sensuales ni nos mueven al erotismo. Son más bien seres enigmáticos, silenciosos y melancólicos que hablan, o mejor dicho callan, desde un más allá onírico (Romances, Ninfas). En el intervalo en el que pájaros, madonas y árboles se apropian de las telas, aparecen de improviso arcángeles que caen sin estrépito y obispos que miran sin mirar. Se trata de otro de sus momentos creativos. En éste, el fuerte componente religioso y, por momentos, anticlerical de sus trabajos nos advierte el deseo de comunicar ideas más que formas. No obstante, es el plano visual lo que tiene más importancia para él. Su primera tarea es resolver lo que ocurre en los límites espaciales y sólo después resolver lo que existe en el plano semántico.

El mundo plástico de Héctor Acevedo se ha ido enriqueciendo de manera pausada y segura. En su evolución no hay cambios bruscos ni sorpresas mayúsculas. Hay como una línea de continuidad cada vez más rica y compleja. Acevedo no se repite nunca. Tampoco es un desconocido de sí mismo. Las figuras toscas de los primeros tiempos son ahora mujeres pintadas con trazos más exquisitos, en tanto los árboles difuminados de su periodo intermedio se han trocado pequeños universos de donde emergen casas, iglesias, seres amorfos y ojos escudriñadores. A menudo las presencias femeninas desaparecen de sus cuadros y dejan que los árboles (El Recreo de los duendes, Cópula sobre un árbol caído) arraiguen en la imaginación de los espectadores. Estos están todo el tiempo en sus telas y son factores generadores de enigmas, vida y tiempo.Los cuadros de Acevedo tienen nobleza en su construcción. Tras las veladuras, los difuminados, los fondos oscuros y los planos carmines, bermellones y ultramarinos se agazapa un afecto tan fuerte como los pigmentos del óleo; quiero decir, sus cuadros rezuman experiencia vital, profundidad, estados de conciencia. Fondo y forman dialogan a una misma altura, con la misma velocidad y con la misma destreza. No hay divorcio entre lo que siente y lo que hace, entre lo que piensa y lo que ejecuta. Su universo plástico, como escribimos antes, es acompasado pero va directamente al blanco.

Luis Eduardo García