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"Héctor Acevedo es un pintor que brilla con luz propia. Su obra, dotada de la técnica de los grandes maestros europeos,seduce con facilidad por su riqueza cromática y las superposiciones de capas de colores que crean un lenguaje de veladuras,propicio para el mundo donde habitan sus personajes. Sus formas lúdicas se desplazan con armonía sorprendente en el entorno de un paisaje que pareciera secreto, dominado certeramente por espacios azules y rojos, que envuelven su obra en un ambiente mágico muy singular. Puedo decir que Acevedo conjuga un mundo de seres inmóviles, que aparecen como en un sueño, un sueño en el que los amantes se entregan al alborozo de un eterno noviazgo.No me sorprenderá ver que este joven maestro siga entregándonos una obra que se supera y renueva incesantemente, reafirmando por cierto la fuerza de su talento. Dejo al tiempo, decir todo lo que la madurez artística de Héctor Acevedo nos depara. Auguro, eso sí, la mayor nobleza en su éxito, ya vigente."

Gerardo Chávez

TIERRA DE SOMBRA

1. Aunque se puede detectar en varias de sus primeras obras es en el conjunto de las pinturas recientes de Héctor Acevedo donde la nocturnidad es tan patente y homogénea que se revela como el signo bajo el cual el artista convoca y erige – o sueña – su mundo. Ésta sensación prevalece incluso en aquellas pinturas donde predominan colores distantes de lo oscuro. Y cuando sus escenas parecen transcurrir bajo una dudosa hora diurna las focalizadas sombras de los rostros de sus personajes bastan para “nocturnizarlas”, como si la noche emergiera desde ellos. Pero además de las sombras son también responsables de ese efecto las parcas actitudes, los gestos esquivos, las miradas de soslayo; la permanente sensación de que ocultan Algo. Se equivoca quien cree que ésta pintura representa un ámbito de la felicidad o del amor, aunque tampoco se le puede culpar de esa fallida primera impresión pues la factura preciosista del autor y un inventario de sus elementos induce a esa lectura: sus personajes, hombres y mujeres jóvenes, anhelan aparentemente establecer contacto, una “cercanía”, en medio de una naturaleza habitada por una fauna compuesta por criaturas que suelen ser benévolas para los seres humanos o que, en el peor de los casos, están a merced del mudable humor de los mismos. Pero en verdad, los personajes desean y también temen involucrarse con otros nuevamente y eso los ha vuelto dubitativos, indirectos, oscuros. Los animales tienen una participación curiosamente activa: los corceles – con apostura masculina – transportan a ingrávidas mujeres; los perros, que para algunas culturas cumplen la función de ser guías de las almas hacia el más allá, se encuentran expectantes con las féminas y muy atentos al revoloteo de unos pajarillos alarmados en quienes recae la responsabilidad de distraer y, sobre todo, silenciar delicadamente a estos hombres y mujeres, colocando sobre sus labios una diminuta hoja recién arrancada. En este gesto – una especie de Regla de Silencio forzada – podemos interpretar que en el juego del amor las palabras sirven para mentir y que más vale callar. En la ingravidez encontramos la pista para entender que este mundo se rige por otras leyes y que, como el limbo, es un espacio de tránsito, oportuno para reencuentros efímeros entre seres que son ya espectros o los personajes de un sueño que empieza a convertirse en pesadilla.

En La Bendición, el gesto parece más un sortilegio nefasto que el signo de un buen augurio sobre el vientre preñado de la mujer de azul. En Paseo de medianoche, una novia vestida de blanco, casi una “aparecida”, es conducida en trance o dormida por un corcel rojo, y la misma, en otro de los cuadros, ya sin velo, es abrazada por un hombre casi desvanecido o convertido en sombra. Y así en el resto de obras los movimientos son graves al extremo que para evitar que sonrían o hablen o besen algunos carecen de boca. En ese severo orden parece que sólo los varones alados y que montan una bicicleta lograron consumar parcialmente su deseo. (Como el ciclista de La Anunciación, que parece huir de la sombría mujer en cuyo vientre crece ya un pequeño árbol).

Las pequeñas dimensiones de las casas y edificios que a veces conforman el paisaje circundante sugieren que estos encuentros, estas citas en medio de la noche, se producen lejos, en los límites de un reino del que están proscritos. La idea de distancia insalvable está presente en ese Pasajero de la memoria, un arcángel sin arcabuz, que sobrevuela un bosque de árboles con ojos mientras lleva una pequeña ciudad atrapada en su interior. Y en una posición semejante gravita una mujer-nube desnuda de cuyo seno garúa leche.

2. Héctor Acevedo, aunque nació y se formó como pintor en Lima, logra la madurez plástica en Trujillo, una ciudad salvaguardada a una distancia prudencial de las veleidades de la capital del Perú y cuya escena cultural está respaldada hasta ahora por haber sido sede de una Bienal internacional que se fundó quince años antes que la más reciente de Lima . Ese antecedente, qué duda cabe, obró a favor del desarrollo sostenido de una vertiente pictórica eminentemente figurativa y con características propias sustentada en el trabajo de un grupo de artífices que ha consolidado, más que un estilo, una alta exigencia técnica y que coinciden, por encima de una temática de filiación fantástica –en algunos de los cuales podemos reconocer, inicialmente, una cierta influencia chagalliana– en la unción con la que realizan su oficio.

3. Al principio estuvo la noche y la noche parece ser el espacio del inconsciente de nuestro artista. De allí surge la poética de su pintura, narrativa como los sueños y expuesta al riesgo de ver cómo se trastocan, repentinamente, en pesadillas. No es frecuente que un pintor plantee, con los elementos que en otros casos sirven para apuntalar los tópicos de la felicidad, la vulnerabilidad del que ama, el alto precio del goce, la claudicación de la libertad; el amor como un juego en el que lo normal es caer abatido antes que salir airoso. El amor como algo oscuro.

Manuel Munive Maco

Julio, 2009.